La conclusión de la Saga Infinita de Marvel me remite a épocas lejanas en el barrio de Lanús, cuando las historietas las conseguía canjeadas en un puesto de feria barrial que se armaba todos los miércoles sobre la calle Castro Barros. Allí, un viejo que usaba boina, determinaba si el estado de la revista que vos le llevabas era el suficiente como para cambiar “pelo a pelo” o si tenías que dejarle dos revistas para poder llevarte una.

En ese lugar no había exigencia. Se compraba/canjeaba lo que había. DC, Marvel, Patoruzú, Isidoro… aunque el surtido de personajes era bastante amplio había que conformarse con cualquier cosa y aprovechar la semana para leer hasta que la feria volviera a armarse y allí tener la posibilidad de volver a canjearla.

Se leía de miércoles a miércoles, intentando reconstruir los pedacitos de la historia y cruzando los dedos para que el viejo de la boina consiguiera el número que continuaba o, aunque más no fuera, el anterior para que la saga no quedara inconclusa y la historia, tal vez, pudiera cerrarse.

En aquel momento, soñar con algo como el Universo Cinematográfico de Marvel resultaba imposible, pero soñar se soñaba igual. Así como, imagino, lo soñaba Stan Lee mirando los bocetos de las historietas y esperando el momento en que los personajes cobraran vida y pasaran a la acción.

Pasaron varios años para que Stan y nosotros pudiéramos ver ese sueño convertido en realidad. Muchos años y muchas películas de mierda que nos hacían indignar en la butaca del cine, preguntándonos por qué le daban un personaje de historieta a un director/productor/escritor que jamás había leído alguno de su números.

Pero al final los nerds ganamos. Después de años de perfil bajo, escondiendo nuestros gustos para no ser atacados, algunos de nosotros (no es mi caso) llegaron a ocupar puestos de ejecutivos en importantes empresas y algunas decisiones comenzaron a favorecernos.

La creación del MCU se corresponde con la fundación de Marvel Studios cuando Marvel decidió jugar a todo o nada, apostando por uno de sus principales activos: sus personajes, construidos durante décadas de mucho trabajo, esfuerzo y amor.

Amor por los personajes y amor por los fans. Esos fans que consumían sus historias desde el inicio de los tiempos pero también de los fans que jamás habían tenido una historieta en sus manos. Los fans que todavía no sabían que serían fans porque todavía no habían visto lo que Marvel siempre había querido que vean.

Y hacía allí fueron ellos y nos dejamos llevar nosotros. En una relación que comenzamos a construir (en mi caso) en aquella vieja feria de la calle Castro Barros que aún sigue existiendo y en donde las primeras historietas llegaron a mis manos. Ojalá recordara cuál fue el primer superhéroe que me llamó la atención en ese puesto. Ojalá recordara lo que pensé la primera vez que leí una de esas onomatopeyas que atravesaban las viñetas. Ojalá supiera que sentí la primera vez que vi a dos o más superhéroes pelear al mismo tiempo en una doble página repleta de colores.

No tengo idea qué fue lo que sentí en aquel momento pero estoy seguro que habrá sido algo muy parecido a lo que llevo sintiendo en la butaca del cine desde hace once años y 21 películas, cuando el Universo Cinematográfico de mi vida hizo su primer movimiento con una entretenida película basada en un superhéroe no demasiado conocido y cuyo arco argumental llegaría a su punto máximo en el día de hoy, 22 películas después, junto al arco de otra decena de personajes que amenazan con retirarse y el de otros tantos que apenas están comenzando y frente a los cuales, varios años después, me sigo sintiendo el mismo niño que iba a la feria a canjear historietas.

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